El autocontrol es un componente de la inteligencia emocional, desarrollarlo es básico para mejorar nuestro bienestar personal

Para desactivar la reactividad emocional es necesario entender qué o quién la origina, dado que lo que sucede en la realidad es interpretado por cada uno de nosotros de una manera determinada, la cual tiene que ver con nuestras expectativas, pensamientos, emociones, valores, creencias y en especial miedos y debilidades, en definitiva todo lo que configura nuestra personalidad. Solo así podremos detectar los detonantes que disparan, por ejemplo, la ira, emoción candidata número uno para aplicar el autocontrol.

¿QUÉ ORIGINA LA IRA?

La ira es la emoción que surge como consecuencia de percibir la realidad como una amenaza a nuestros valores y creencias sobre cómo deben ser las cosas o deben comportarse las personas. Su función básica e instintiva está encaminada a responder agresivamente ante la amenaza para liberar la energía que la ira provoca. La ira es una expresión básica que el hombre usó desde la prehistoria para defender su territorio, su prole. Es física, ya que eleva la presión sanguínea, la frecuencia cardíaca y el tono de la voz. También produce modificaciones sanguíneas que son sustancias dañinas para el cuerpo, triplicando las posibilidades de infarto y muerte súbita. Es decir, la ira no sólo hace daño a otro sino también a uno mismo.

Esto es así porque, si bien la ira está generalmente motivada por un suceso externo, las raíces son internas, tales como creencias erróneas, deseos imposibles, impaciencia, inseguridad, inmadurez emocional, baja autoestima, baja tolerancia a la frustración, soberbia o egocentrismo. El problema radica en que las expectativas que tenemos sobre la realidad son que todo suceda de una forma que nos resulte cómoda, acorde a nuestras creencias o valores para que no necesitemos afrontar nuestros miedos, debilidades o cambiar comportamientos para obtener resultados diferentes a los que nos producen ira.

El que siente ira se victimiza y responsabiliza al entorno de su propio malestar, reforzando así el sentimiento negativo y bloqueando su razón y capacidad de pensar en que está teniendo una reacción extrema frente a un acontecimiento que no merece tal reacción. Es un reflejo automático que no pasa por la conciencia, que es la que dimensiona la reacción.

Cuando perdemos el control porque no podemos dominar nuestros impulsos, si bien proyectamos hacia afuera la agresividad, el verdadero destinatario somos nosotros mismos. Irritarnos con una persona o situación nos distrae de entender la verdadera razón de esa irritación, que es interna, ya sea porque tenemos que analizar lo poco realista de nuestras expectativas, lo inflexible de nuestros planteamientos o la inutilidad de repetir acciones que en el pasado han resultado infructuosas.

La ira es una consecuencia del deseo de control, de expectativas muy rígidas sobre la realidad, de hábitos de exigencia exagerados que solo producen resistencia en los demás, en suma la ira es la respuesta emocional a la impotencia de querer algo y no poder conseguirlo. Se manifiesta como un impulso para castigar a alguien por hacer algo que a nosotros no nos gusta y que lo expresamos a través de expresiones faciales, voz alta y amenazas directas al receptor porque estamos interesados en dañarlo si no acepta hacer lo que queremos.

¿POR QUÉ ES CONVENIENTE AUTOCONTROLARSE?

Porque perder el control o dejarse llevar por la reactividad emocional, no sólo produce insatisfacción porque nos aleja de conseguir nuestros objetivos, sino también nos genera conflictos innecesarios con los demás. Dado que la mayoría de las personas son víctimas de su reactividad emocional, si el estímulo que les ofrecemos es negativo, las probabilidades de obtener una respuesta negativa y de entrar en un círculo de incomprensión se incrementan.

Pretender que la realidad nos resulte cómoda para que no nos afecte a nuestras debilidades y que los demás se comporten como deseamos para no despertar nuestros miedos constituye una actitud poco humilde y realista. Poco humilde porque el poder que tenemos de controlar la realidad es prácticamente nulo, y poco realista porque casi todo el mundo se comporta de acuerdo a sus valores, necesidades y motivaciones, y no de acuerdo a los nuestros. Generalmente nos irritan aquellos comportamientos que no están de acuerdo a nuestras expectativas y si consideramos la diversidad de personas y personalidades que existen, estamos en franca minoría.

La vida moderna nos obliga a imponernos metas demasiado ambiciosas y estamos convencidos de que la única forma de alcanzarlas es luchar contra las adversidades que nos impiden alcanzarlas. Es una forma de vivir que aprendimos de nuestros antiguos ancestros. Había que planificar estrategias y luchar hasta la muerte para proteger los territorios, y la supervivencia del más apto era la que definía quien se quedaría con el control del poder.

Las situaciones de alto estrés diario, como la vida acelerada, las demandas crecientes, las preocupaciones económicas, tienen mucho impacto en las personas y las hacen cada vez más vulnerables, más ansiosas y eso facilita que muchas sientan ira. La ira, además, es una emoción contagiosa y que si no se gestiona, cada vez produce más frustración en quien la siente y resentimiento en quienes la soportan, generando una espiral de conflictos en todos los ámbitos.

En especial, la falta de autocontrol está tipificada como una de las causas de fracaso de los directivos, dado que produce en sus colaboradores reacciones negativas que pueden terminar en un conflicto o despertarles un miedo que les impide afrontar asertivamente un diálogo. Este miedo merma la creatividad, el compromiso, en suma, el rendimiento laboral.

LAS CLAVES DEL AUTOCONTROL

Para desarrollar el autocontrol lo primero es analizar:

  • ¿Por qué siento ira?
  • ¿Qué valores míos están siendo ignorados?
  • ¿Qué debilidades mías están poniéndose a prueba con lo que ocurre?
  • ¿Vale la pena?
  • ¿Es útil?
  • ¿Es para tanto?
  • ¿Qué deseo que suceda de forma diferente?
  • ¿Eso que deseo es posible conseguirlo?
  • ¿Qué tengo que hacer de manera diferente para que ello suceda?

Si no hacemos estas reflexiones, es muy probable que consigamos lo opuesto a lo que deseamos, ya que cuando actuamos con ira, mostramos exigencia y generalmente obtenemos como respuesta del entorno resistencia. Una forma de liberarse de estos peligros es aprender a soltar y no querer controlarlo todo, porque la complejidad de las situaciones y la diversidad de las personas hacen cada vez más difícil conseguir de ellas lo que deseamos a la primera

Por más complicada que resulte la realidad para un ser humano, la lucha más dura y difícil no es externa sino interna. Si conocemos nuestras debilidades y miedos, seremos más conscientes y podremos detectar lo que dispara nuestra ira y de esta manera, habremos dado un primer paso para sentirnos más seguros y no permitir que nos altere tanto el entorno. Lograr el autocontrol o control interno significa asumir con humildad nuestra condición humana abandonando el deseo de control externo, la búsqueda exagerada de la perfección y generalizada de aceptación. También implica asumir el compromiso personal de que si queremos conseguir algo de los demás, nosotros ponemos el qué (el objetivo a lograr), pero el cómo tiene que ser adaptado a la persona que nos lo tiene que dar. Y en general, la ira no es nunca un buen “cómo”.

Cuando tomamos más consciencia de cómo somos nos damos cuenta de que quien nos irrita es nuestro espejo, ya sea porque tiene nuestras mismas debilidades o porque sus fortalezas son precisamente nuestras debilidades. Precisamente lo que nos molesta de los demás son siempre los defectos nuestros negados que vemos en ellos proyectados. O también nos irritamos hacia afuera, para no irritarnos con nosotros mismos por desear que suceda algo diferente haciendo lo mismo para conseguirlo.

Lograr el autocontrol o conseguir equilibrio emocional significa aprender a convivir con la incertidumbre, afrontar sin miedo la realidad, evitar los extremos como el apasionamiento y la indiferencia, buscando centrarse, que consiste en utilizar uno de los grandes poderes personales que tenemos, como es poder decidir qué pensar, qué sentir y qué hacer, buscando en cada experiencia un crecimiento personal, en lugar de obtener frustración y perjudicarnos, porque si la ira provocada por los mismos estímulos se mantiene de manera continuada, nos produce estrés, nos enferma y lo más dañino, merma de forma continuada nuestra autoestima. Con lo cual, cada vez tenemos menos confianza en poder cambiar las situaciones y menos fuerza para afrontar lo que nos irrita, modificando las expectativa o cambiando el comportamiento.
La realidad nos muestra que podemos controlar pocas cosas, porque por mucho rigor que tengamos, siempre queda alguna variable imposible de controlar. Sólo nos queda aceptar las cosas como son y es entonces, cuando nos rendimos, cuando abandonamos los deseos, cuando aceptamos que somos los responsables de conseguir lo que queremos y de sentirnos bien, cuando se producirá un extraño fenómeno: las cosas que deseábamos vendrán hacia nosotros.

El control, el poder y la imagen están relacionados, porque el que tiene el control cree que las cosas se producen gracias a él, a su astucia, su sagacidad, a su inteligencia y somos capaces de hacer cualquier cosa para defender la imagen, que sólo es una ilusión. El único control que deberíamos ejercitar, que es el más difícil y que pocos lo consiguen, es el autocontrol.

La clave para el autocontrol entonces radica en conocerse para entender qué cosas disparan el miedo y con ello la ira, tener la humildad suficiente para entender que no podemos controlarlo todo y contar con la suficiente flexibilidad como para adecuarse convenientemente a los hechos y procurar hacer lo que hace el sabio que mantiene la paz y la calma aunque todo lo de fuera esté alterado.

Escrito por María Julieta Balart Gritti, Socia Directora de Ágama Consultoría y Aprendizaje, S.L.

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